Medio siglo de docencia intensiva (que aún no me ha abandonado del todo), al margen de otras actividades afines, me autorizan a expresar mi opinión acerca del "proyecto de Orden por la que se regulan las pruebas para la obtención del título de Bachiller para personas mayores de veinte años".
"Los diccionarios son como los relojes: el peor es mejor que ninguno, y en cuanto al mejor, no se puede esperar que sea totalmente fiable". (Samuel Johnson)
"Los desencuentros e incluso los enfrentamientos ideológicos en torno a la educación registrados en los últimos treinta años de democracia deberían encontrar su Edicto de Nantes" (José Antonio Marina)
En nuestro deambular cotidiano por periódicos y revistas del más variado estilo, nos topamos con frecuencia con titulares dignos de figurar en la mejor prensa anglosajona que, como se sabe, hace del titular un verdadero ejercicio de estilo periodístico, hasta el punto de que existen técnicas para su redacción e interpretación, no siempre fáciles de dominar.
Consuela comprobar cómo nuestra preocupación por el idioma, al que tantas 'coces' se propinan a diario, es compartida por escritores y periodistas conscientes del valor de la palabra como medio de expresión del pensamiento humano. Un lúcido artículo de Manuel Mantero (1) señala, entre otras, un tipo de corrupción muy extendida: la del lenguaje.
La anglomanía parlante - que poco tiene que ver con el estudio y la difusión de una lengua indispensable en el ámbito internacional - produce extrañas 'criaturas' cuyos valedores se amparan en el tópico de su "contribución al enriquecimiento del lenguaje", soslayando así cualquier tipo de filtro que evitase su incorporación ipso facto al acervo de un 'neoespaño
Aludía, en mi artículo anterior, a palabras y expresiones que, procedentes de otras lenguas, se introducen de matute en la nuestra, "suplantando, ya sea por mera ignorancia o por pedantería a sus 'legítimos' propietarios".