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Un sistema se compone de un conjunto de elementos, cada uno con determinadas funciones que contribuyen a conseguir el objeto del sistema. Una buena gestión -gestión de calidad- requiere dar los medios y la autoridad necesaria a cada elemento para el cumplimiento de su función.
El servicio de ‘Control de la Calidad’ -control de la ejecución de las actividades de acuerdo con los procesos previstos o ‘C de C’- tiene una particular importancia y por ello el gestor debe darle la mayor autoridad, incluyendo la de detener un proceso productivo si se detectan errores graves que ponen en peligro alcanzar los objetivos del sistema.
Por desgracia estos principios son violados con frecuencia, minimizando o ninguneando el servicio de control de la calidad y no dándole la autoridad que obliga el rigor técnico. Se alega que los servicios de ‘C de C’ son caros olvidándose que lo costoso es hacer mal las actividades y además no detectarlo y corregirlo.
Se podrían citar muchos ejemplos ilustrando lo que más arriba se dice. El caso del Carmel es reciente. Si los servicios de control de calidad hubieran podido jugar su papel, a los primeros síntomas de que la obra no iba bien, mencionemos los desprendimientos del recubrimiento del túnel, la obra se hubiera parado y tomado las medidas necesarias para evitar la catástrofe.
Lo que escribo no es una fantasía. Cuando en el proceso de construcción de las centrales nucleares los servicios de control de calidad estimaban que se violaba tal o cual procedimiento, si así lo determinaban se paraba toda la obra o parte de ella hasta que los errores se corregían. Claro que eso costaba dinero pero evitaba catástrofes. Esa es la buena práctica y no la chapuza.
Cuando los servicios de ‘C de C’ no juegan el papel de columna vertebral que deben desempeñar puede ocurrir cualquier desgracia. La subcontrata repetida diluye la responsabilidad y es ésta una de las perores carencias en una obra.
No es ajena al desastre del Carmel esa práctica de ‘apretar’ al subcontratista para ganar más dinero. Así se llega a que quienes hacen la obra carecen se medios técnicos para trabajar y la ‘chapuza’ asoma en uno u otro lugar. Ese criterio se basa en poner antes la peseta -ahora los euros- por delante del rigor y la ética técnica. Diría que el dinero así obtenido es un dinero ‘bastardo’.
Añadiré que ese criterio es cómplice de los accidentes de trabajo de trágicas y costosas consecuencias.
Las enseñanzas están ahí: aprendamos: Sin una gestión de calidad rigurosa será poco menos que imposible que las actividades de la construcción e industriales alcancen el futuro que Andalucía requiere.
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