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En un país donde la investigación ha sobrevivido con escasos recursos o exportando nuestras mejores mentes, parece que en términos periodísticos sigue estando mal vista. El que el asunto de la Mochila de Vallecas, clave en un principio para el Sumario del 11 M haya quedado en entredicho, ha provocado la reacción del poder político y de los principales medios, que incluidos el ABC, (obviado el todopoderoso Grupo Prisa), se han apresurado a “defender la legitimidad del Estado” (¿?). Lo grave de este ataque a los periodistas que desde el diario El Mundo han ejercido su obligación de acudir a otras fuentes documentadas, es la no aceptación del papel que debe seguir correspondiendo a la prensa, “indagar sus propias fuentes lejos del vasallaje e intervencionismo del poder político, venga de dónde venga”.
Similar acontecimiento ha acontecido con la investigación del periodista de la COPE, José A. Abellán, sobre la vulnerabilidad del sistema de elaboración del Estudio General de Medios, (EGM), con encuestas ‘para andar por casa’, mal tomadas con datos no fiables, del que suponemos han de fiarse anunciantes y medios para repartir la tarta publicitaria. Ataques inmediatos no ya solo de la Asociación de la Investigación de Medios de Comunicación, responsables del Estudio, sino de otros poderes mediáticos y políticos. Cuando a raíz de la publicación de los hogares con audímetros por el ABC, supuestamente anónimos, para poder estudiar el día a día los comportamientos de las audiencias televisivas, con los datos proporcionados por los hogares audimetrados, Sofres reacciona. Encarga en 1994 una auditoría, además de aumentar los hogares de la muestra, introduce nuevos sistemas informáticos, compara sus datos con otros estudios como el EGM, y se somete a controles de calidad con la participación de empresas interesadas. Fue una huida hacia delante con buen criterio. Qué investigaciones posteriores vengan a añadir o eliminar pruebas para esclarecer un suceso de interés general deben, inmediatamente, lejos de provocar el rechazo virulento vertiginoso, ser recibidas con gozoso espíritu democrático.
Lejos de ello, estamos acostumbrados a negar la mayor, léanse: Filesas, Roldanes, Fondos Reservados, atacando de inmediato al mensajero. Al periodismo corresponde el seguimiento y control de los asuntos que interesen a la sociedad, en especial del poder político, pero parece que es “la libertad de expresión la que está en el banquillo”, (Dahrendorf). Y como dice el presidente de la Asociación Madrileña, González Urbaneja, “los periodistas son cada vez más vistos como un peligro o una amenaza”, seres a los que hay que “amedrentar o uniformar”. Pero al fin y al cabo, “los gobiernos y los medios deben llevarse regular, respetándose sin llegar al cariño, de lo contrario se está haciendo mal el trabajo”. ¿Qué nos habría llegado del Watergate, del 23 F, de Roldán sin ese espíritu de independencia? Recordemos los ataques negando os hechos por parte de los próximos a Nixon o a González; la perseverancia, la continuación con la investigación, en definitiva “la circulación libre del periodista por los escenarios de las noticias y sus fuentes” permitió salir airoso al ejercicio profesional y mantener su credibilidad.
Pero estos son tan solo algunos de los males que amenazan a la profesión para “meterlas en cintura”, hay más e importantes. Verbigracia las subvenciones a la Prensa, el reparto de licencias audiovisuales a amigos no críticos que han pasado por un tiempo la prueba de la sumisión. El avance de la espectacularización de la noticia frente a la objetividad de la información. La concentración mediática en pocas manos, en especial las más proclives con los gobernantes. Sin olvidar otro control posible bajo la apariencia de todo lo contrario: la utilización política de Consejos Reguladores de lo Audiovisual, fiscalizados antes que fiscales; Consejos de Administración de Medios Públicos, antes controles de partidos que administrativos, entre otras sutilezas...
Hay algo, sin embrago, que nos debe preocupar a los propios periodistas, y es la pérdida de credibilidad en nuestro trabajo. De ahí la necesidad de reivindicar la investigación como arma en defensa de la libre expresión. El sujetar las fuentes como asidero a la mayor objetividad, el mantener nuestros singulares mecanismos autorreguladores, controles internos, libros de estilo, Consejos de Redacción (con 26 años de existencia en España), defensores de los redactores ante los editores y la empresa. Y también la de reivindicar a los ‘estudiantes en prácticas’ para que sean formados en la profesión y no manos de obra barata bajo control. De todos modos, habiendo vivido la represión del periodismo en la dictadura, todavía me sorprendo de en un periódico o emisora de un signo, opinar o ser entrevistado una persona de signo contrario. Es esta, a pesar de todo la grandeza de nuestra democracia, que no nos puede hacer olvidar que ‘el cuarto poder’, cuya misión es la de vigilar los abusos posibles de los otros tres poderes, a menudo corrompe las reglas del juego convirtiéndose en la razón de ser de ellos, a los que quiere no solo dirigir, desde su Gran Poder, sino además marcarle el rumbo ejecutivo, legislativo y judicial.
