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Uno de los principales efectos que producen los viajes vacacionales es dilatar nuestra retina, ampliar nuestra capacidad de visión, mostrarnos múltiples maneras nuevas de contemplar las cosas, y, al mismo tiempo, hacernos gozar de ritmos más lentos, deleitarnos con los sonidos de la naturaleza, sacarnos de nuestro mundo cotidiano y acercarnos a otros modos de vivir y de sentir. Pero muchas otras veces, y éste es mi caso, la deformación profesional nos lleva a indagar sobre la realidad que viven las personas que forman parte del entorno turÃstico que visitamos.
Esa, y algunas otras preguntas, me he hecho visitando algunos paÃses este verano.
¿Realmente el turismo, esa industria en constante expansión en todo el mundo, beneficia siempre y en todos los casos a las poblaciones locales, sin explotar ni a ellas ni al ambiente donde viven?
Ya sé que no se suele pensar en estas cuestiones mientras se está de vacaciones. ¿Cómo podrÃa imaginar un turista que el hermoso hotel en el que disfruta de una relajante estancia se ha construido sobre un terreno no edificable o expropiado sin recompensa alguna a unos pescadores del lugar? ¿Cómo podrÃa imaginar que el agua que riega ese campo de golf donde se divierte con los amigos consuma los recursos hÃdricos de la población local y que además, por la sequÃa, esa misma población dispone de pocas horas de agua corriente al dÃa?
Afortunadamente las estructuras turÃsticas en Europa son cada vez más consideradas con el medioambiente y las culturas locales.
Desgraciadamente no sucede asà en otros paÃses del tercer mundo donde se ofrecen vacaciones relajantes, culturales o aventureras actuando a veces sin demasiados escrúpulos hacia la naturaleza, el entorno medioambiental o la población del lugar. He visto incluso con mis propios ojos como las autoridades de algunos paÃses impiden el acceso de los residentes locales a las tierras forestales y otros recursos naturales, mientras dejan vÃa libre a los turistas, a veces convertidos en verdaderos depredadores.
Muchos paÃses en desarrollo, ante la carga de la deuda y el endurecimiento de las condiciones de comercio, se vuelcan en la industria turÃstica para atraer divisas e inversiones pero sin entender que el único turismo verdaderamente rentable es el que no produce daño a nivel social y ecológico, aquel que facilita un auténtico intercambio cultural y contribuye a un desarrollo sostenible. Mientras me desplazaba de un lugar a otro este verano era muy fácil constatar que todavÃa los paÃses pobres del sur son los receptores de visitantes y los ricos del norte los generadores de turistas que, además, no siempre contribuyen a mantener el equilibrio ecológico en los lugares que visitan.
La dinámica de este turismo no responsable crea incidencias que causan tensión entre lo global y lo local.
En el proceso imparable de la globalización y desde la perspectiva ética se abre una serie de interrogantes que apelan a la necesidad de otros parámetros para las acciones de los gestores y de los consumidores. Formamos parte de una economÃa cada vez más global, pero todos vivimos en comunidades locales y seguimos razonando en términos de realidad local.
Y si no, que se lo pregunten a mi amigo Juan que trabajaba en Delphi desde hace muchos años y que me decÃa que, con lo que les ha caÃdo encima, es lógico que sus amigos y familiares atribuyan mucha más importancia a la noticia de la pérdida de un puesto de trabajo en nuestro pueblo que no a la creación de dos nuevos en un paÃs vecino.
Un dÃa nos despertamos y casi sin darnos cuenta nos encontramos ‘globalizados'. Ahora tendrÃamos que intentar que esta globalización, más allá de convertirnos en seres manipulados e indiferentes, se transforme en una pieza fundamental de socialización. Necesitamos nuevo anteojos crÃticos para superar nuestras miopÃas y hacer que la globalización no obstaculice la solidaridad.
