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"No hay viento favorable para aquel que no sabe a donde va" (Séneca)
Es un hecho incuestionable que la calidad ha ido descendiendo vertiginosamente en todas las etapas de la enseñanza en los últimos veinte años, hasta tal punto que los responsables de la educación, conscientes de este proceso degenerativo, han ideado sucesivamente reformas de diversa índole que, a la postre, "han resultado pócimas altamente nocivas, palos de ciego que han dejado el cuerpo lleno de magulladuras y hecho unos zorros... Se han copiado, y mal, métodos ya desacreditados en otros países, planes de estudio desvencijados..." (Ricardo Senabre). Y es que, en el terreno de la educación, como en la pintura no figurativa, es relativamente fácil dar el pego e introducir de matute mercancía averiada para embaucar al desprevenido ciudadano. Bastan algunos gestos ampulosos, unos cuantos vocablos enigmáticos para llamar de otro modo a lo mismo de siempre y un manojo de acuñaciones y tópicos: "enseñanza para todos" (¡y todas!), "enseñanza mixta", "consejo escolar", "asambleas participativas" para que muchos (¡y muchas!) piensen que estamos en el mejor de los mundos.
Así pues, no sin cierto desasosiego, y desde la perspectiva que me proporciona medio siglo de ejercicio de la docencia, tanto pública como privada, abordo este tema recurrente, una especie de leitmotiv que tiene su razón de ser en el deterioro paulatino y, según todos los síntomas, inexorable, de la enseñanza en todos sus niveles, pero que presenta signos de "alerta roja" en ese acrónimo algo desprestigiado conocido por la ESO, cuyos antecedentes habría que buscar en la Ley General de Educación (1970), e incluso antes, cuando se suprimió el examen de ingreso en el bachillerato, pues ambos factores están en el origen de la crisis actual. Luego desembarcó ese monstruo llamado LOGSE, causante, en buena medida, del desprestigio de la enseñanza pública y favorecedor, por rechazo, de la privada. Ciertamente, el nuevo plan ha supuesto el aumento del número de alumnos, pero ha fracasado en su intento de lograr la extensión de la enseñanza sin rebajar sus niveles, lo cual se ha llevado a cabo con argumentos pseudopedagógicos: lo lúdico, la fusión con la enseñanza profesional, el aprobado fácil, el "aprender a aprender", el recorte de horas y materias, la disciplina imposible... Se ha transmitido un mensaje que podría resumirse en algo así como: "No te vayas. No abandones. Pase lo que pase, te daremos el título"
El profesorado, por su parte, inmerso en multitud de cortapisas y ordenaciones estúpidas (Consejos varios, orientadores de todo tipo, asociaciones de padres (¡y madres!), la Inspección, las Autonomías, la burocracia, las reuniones inútiles etc.) está desmoralizado por los bajísimos niveles, por el nulo respaldo de las autoridades, por multitud de iniquidades y agravios profesionales, por el áspero y desbarajustado ambiente, a veces denigrante, en que realiza su labor, sometido a un sistema de enseñanza que se fundamenta en la aleatoriedad de los contenidos y en el menosprecio del saber.
Cosas tan elementales como el respeto y la atención en clase constituyen hechos insólitos; suspender se ha convertido en un acto heroico (y además inútil); los profesores tienen que tolerar a alumnos reclutados a la fuerza y absolutamente desinteresados, que a lo mejor tiran de móvil o de casco con música y a los que no se puede expulsar ni tan siquiera requisar temporalmente el ‘material', so pena de ser denunciado ¡por los padres (o madres)! Resultado: muchos de esos atribulados docentes no sobreviven, huyen, se refugian en la depresión o, en último caso, resisten con espíritu numantino hasta completar los años de servicio que les permitan acogerse a la prejubilación.
Los pedagogos de las alturas, algunos de los cuales no habían pisado una aula desde sus años mozos, se han obsesionado con problemas como el del llamado "fracaso escolar" -que nada tiene que ver con un planteamiento racional de la programación y sí con los nuevos hábitos familiares y sociales- y, para paliarlo, han adoptado soluciones pueriles: suprimir barreras, reducir y dulcificar contenidos, multiplicar las oportunidades de superar una prueba y aseverar que "lo valorable no son los conocimientos del alumno, sino sus aptitudes", genial invención, que nos ha conducido hasta los últimos puestos del famoso informe PISA -ya precedido por uno de la OCDE en 1995-, según el cual "el nivel de los alumnos de enseñanza secundaria en España es muy deficiente". Da la impresión de que este utopismo escolar, de igualitarismo artificioso, del "tos pa lante", tuviese como objetivo eliminar la competencia y ensalzar la mediocridad, en detrimento, no sólo de los más capacitados, sino de aquellos (¡y aquellas!) con mayor espíritu de sacrificio y de vocación. ¡Abajo la excelencia! podría ser la consigna.