Desde que ganó las elecciones por primera vez, en marzo de 2004, Zapatero no había recibido un baño de críticas como el de ayer en el Congreso por parte de todos los grupos parlamentarios, menos el suyo, el Socialista. El presidente del Gobierno compareció obligado por la mayoría del Parlamento para hablar de la crisis económica, y comprobó en carne propia lo que significa no tener un solo apoyo. Un mal escenario para comenzar la legislatura más difícil, cuando lo peor de la crisis está por llegar, como ha reconocido Pedro Solbes, y los Presupuestos Generales del Estado están a la vuelta de la esquina. Zapatero repitió de manera casi literal el discurso que pronunció unos días antes en el Consejo Económico y Social. Casi una hora leyendo papeles, y sin reconocer que España sufre una crisis económica. Lo más atrevido que dijo fue que «ahora las cosas van claramente menos bien» que antes. Como mucho, admitió que hay «crisis del petróleo» y «crisis inmobiliaria», pero nada más. Se escudó en la subida del precio del crudo, en el incremento del precio de los cereales y en el «fuerte ajuste» en el sector de la construcción para justificar la «brusca desaceleración» que padecemos, y trató de transmitir confianza en la pronta recuperación del ritmo de crecimiento, que ningún portavoz se creyó.