El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, afirmaba que "estamos ante una especie de totalitarismo oculto, que produce como efecto colateral una grave enfermedad de la democracia moderna: el creciente desinterés de las masas en la política". El diagnóstico es claro: "grave enfermedad de la democracia". El padecimiento lo confirmaban nuestros lectores en mitad del verano cuando en la encuesta diaria que venimos haciendo en el portal www.agendaempresa.com le preguntábamos si se estaba produciendo un divorcio entre los ciudadanos y los políticos. Un 93% nos dijo que efectivamente se estaba dando.
Este verano hemos conocido los resultados del estudio de la Fundación BBVA sobre las Actitudes Sociales de los Españoles. Los datos que arroja son significativos. El que se refiere a esta cuestión lo es: siete de cada 10 encuestados piensan que los partidos políticos no prestan atención a los asuntos que de verdad importan a los ciudadanos. Y los políticos son el grupo que menos confianza merece de los ciudadanos. Es evidente que el informe revela una participación muy baja de los ciudadanos en el espacio público. Los responsables han puesto un nombre a todo esto -y afirman que pasa en todas las democracias contemporáneas-, "abulia ciudadana".
Cuando se hizo público el informe, los termómetros marcaban en muchas ciudades andaluzas los cuarenta grados y la mayoría de los ciudadanos pensaba en dónde refugiarse para huir del calor. Por eso, ahora que volvemos de descansar y los termómetros no nos dan cifras tan terroríficas, conviene recordar este diagnostico. Si es una enfermedad grave de la democracia -como afirma Kapuscinski- bueno será preguntarse por qué, sin el menor pudor, y buscar el remedio adecuado. La enfermedad no favorece a nadie.
Pepito Grillo.


