Así dice un castizo refrán español -y así titula una obra suya el dramaturgo William Shakespeare- y ahora que estamos ya metidos de lleno en la Campaña Electoral para las Generales y las Autonómicas Andaluzas, el dicho se nos encarna en la avalancha de mensajes que se nos vienen encima. ¡Bienvenidos a la cabalgata! Parece que más se trata de ruido que de nueces. Hace unos días un colega, experto demoscópico, afirmaba en una tertulia televisiva que las cosas andan igualadas según sus análisis profesionales de encuestas y similares, y que todo dependería de quién supiera vender mejor, es decir que todo dependía del marketing. Y explicaba que este partido tiene un marketing más simpático, que aquel lo hace mejor en lo que respecta a la imagen, en fin que ahora, en los cuarteles generales de los partidos participantes, un grupo de expertos fabrica ruido, que no nueces, y que de los decibelios de éste dependerá que se lleve o no el gato al agua uno u otro. La forma del mensaje es lo que cuenta, la genialidad de la frase, lo pegadizo de la música, su difusión, los tintes con los que se la coloree y no el contenido, que eso ya es harina de otro costal. Es decir, que beberemos este refresco y no aquel en razón del impacto mediático de este color o el otro, y de este actor o del otro. Así que nos queda un mes largo de ruidos. Esperemos que las nueces vengan después. Porque más allá de ellos, las nueces no sólo son deseables sino que nos las merecemos. Porque los ruidos no alimentan y las nueces sí. Y porque seguramente la nuez es la razón principal del ejercicio político.


