Rafael Amor Acedo Rafael Amor WEB opinion

Presidente ATA Andalucía

@rafaelamor_ata

 

Sin ninguna duda, el COVID-19 ha desencadenado, además de tragedias e incertidumbre, muchos cambios en nuestras relaciones personales y profesionales.

La seguridad y salud en el trabajo no se ha mantenido ajena a la incidencia de la pandemia y se han producido cambios estructurales en los centros de trabajo de los autónomos, pero también, en sus relaciones personales con empleados, clientes, proveedores, etc. En definitiva, ha cambiado nuestra forma de trabajar, la de todos.

El virus ha desencadenado trágicas muertes, pero también ha provocado daños, no solo en la salud física, sino también en la emocional. Daños, estos últimos, originados por el estrés y ansiedad producida por la incertidumbre sobre el futuro de nuestros negocios, de nuestro medio de vida. Pero, además, se acentuarán a medio y largo plazo debido a los efectos crónicos que ya empiezan a identificarse por el incremento del cierre de actividades que constituye un factor determinante en los riesgos psicosociales.

Por otro lado, la actual crisis también abre nuevos retos para la seguridad y salud en el trabajo, no solo por la aparición de nuevos riesgos emergentes derivados del teletrabajo (riesgos ergonómicos, tecnoestrés, largas jornadas, doble carga,…), sino también porque empieza a desarrollarse una nueva forma de combatirlos a través de la telemedicina, formación e-learning e información al trabajador mediante la e-prevención.

El reinicio de la actividad durante el periodo de desescalada hizo necesaria una reorientación de la actividad preventiva y se han tenido que integrar las medidas de prevención frente al virus (mamparas de protección, reformas para la adecuada separación, ventilación, aforos, mascarillas, dispensadores de gel,…) exigidas por las autoridades sanitarias para garantizar unas condiciones de trabajo seguras y evitar contagios, pero ¿esta integración se ha llevado a cabo correctamente en los negocios?

Sin duda, los trabajadores autónomos no lo han tenido fácil. El exceso de medidas restrictivas, la falta de concreción de las órdenes administrativas o la diversidad de posibilidades han provocado confusión e inseguridad en la mayoría de los sectores. A esta situación se añade el papel poco relevante de los organismos públicos encargados de velar por las condiciones de seguridad y salud en el trabajo, cuya respuesta ha sido tardía e insuficiente.

La inmensa mayoría de los autónomos no han recibido asesoramiento específico ante las exigencias sanitarias, a pesar de su creciente preocupación por la seguridad tanto del cliente como propia. Solo a través de las asociaciones se han canalizado y distribuido tanto material como asesoramiento. Muchos autónomos, desorientados, han invertido lo que no tenían en medios de protección, a veces ineficaces o no homologados, en una carrera suicida por abrir su establecimiento y poder afrontar los costes fijos de cada mes.

Lo cierto es que hasta que no se avance y complete el calendario de vacunación, los autónomos no tendrán más remedio que identificar los puntos críticos de su entorno laboral para autoprotegerse y evitar el riesgo de contagiar a sus clientes, trabajadores y familias. Mascarillas, distancias de seguridad, geles hidroalcohólicos, ventilación y limitación de aforos siguen siendo las medidas preventivas más recomendadas.

Sin duda, la situación sanitaria va a continuar repercutiendo positiva o negativamente en nuestros negocios y mientras intentamos sobrevivir a cada ola, miramos al futuro con la certeza de que la recuperación tardará y que necesitamos aunar esfuerzos para superar esta crisis.

 

Artículo incluido en la edición de marzo de Agenda de la Empresa