Esta podría ser la conclusión a tenor de la resolución adoptada por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía de aprobar, en la pasada convocatoria de septiembre, a un alumno de 3º de ESO, perteneciente a un colegio concertado, que había suspendido la asignatura de Ciencias Sociales, Geografía e Historia. Tal resolución es consecuencia de la reclamación interpuesta por los padres del perjudicado, quienes denunciaron que los contenidos referidos a Música y Arte son muy superiores a lo establecido por la normativa vigente, argumentación que ha sido estimada por la Delegación Provincial de Educación que, de camino, da un tirón de orejas al profesorado por, digamos, excederse en su labor docente. En su defensa de la ley… del mínimo esfuerzo, la huera retórica oficial al uso arguye que “los contenidos, además de sobrepasar el nivel oficialmente establecido, se han impartido sin el más mínimo enfoque didáctico integrado”, y que ello -deduce la parte reclamante- es consecuencia perversa de “la competencia entre centros concertados a fin de obtener las calificaciones más elevadas en las pruebas de acceso a la universidad, lo cual convierte a los alumnos en víctimas”… del saber, añado por mi cuenta.

¿Qué hay de punible -nos preguntamos, atónitos- en esta “extralimitación positiva” (¿les suena el adjetivo?), cuyos más directos beneficiarios son los propios alumnos? ¿Qué clase de perjuicio se irroga a adolescentes capaces de distinguir, con precisión digna de mejor causa, el repertorio de mil y un grupos de rap, rock, pop, heavy metal, soul o jazz si, al hilo de la programación, se les enseña a diferenciar la zarzuela de la música barroca o a identificar elementos arquitectónicos comunes? ¿Ignoran, tal vez, nuestras autoridades académicas que el grado de conocimiento y afición a las artes en general y a la música en particular de nuestros estudiantes de secundaria y bachillerato está en las catacumbas del saber?

Decenios de ejercicio de la docencia legitiman para expresar un sentimiento, hoy, a medio camino entre la indignación y la perplejidad, ante la tentación reiterada de institucionalizar la mediocridad, rebajar los niveles educativos y arremeter contra la excelencia que, según parece, no tiene sitio en una sociedad ramplona y neciamente igualitaria (por debajo de la línea de flotación, se entiende), que abomina del saber, cuando no del respeto, como método de perfeccionamiento del ser humano. No ha lugar tampoco para las élites (o elites) que, lejos de ser consideradas como generadoras del progreso científico e intelectual de la humanidad, son objeto de sospecha, cuando no de menosprecio, por “el hombre masa” orteguiano, que ha adjudicado al término ‘elitista’ una clara connotación peyorativa, desposeyéndolo, sea por ignorancia o mala fe manifiesta, de cualquier sentido positivo.

Sinceramente, se requiere un gran esfuerzo de objetividad para justificar la desautorización pública de que han sido objeto unos esforzados profesores (“enseñantes”, les llaman ahora) pertenecientes al denostado sector privado, mientras que, paradójicamente, no se tiene constancia de ningún caso de reclamación en sentido contrario, es decir, de padres que hubieran denunciado al centro por NO haber impartido los contenidos teóricamente incluidos en la programación, exigiendo, en consecuencia, las responsabilidades pertinentes; un tema nada baladí en el que, curiosamente, han coincidido varios comentaristas.

Tal sería el caso -dada la trascendencia para su futura vida profesional- del bajísimo nivel de nuestros alumnos en idiomas extranjeros, cuya enseñanza, regulada desde Primaria hasta Bachillerato ¡12 años!, sitúa a nuestro país en el furgón de cola europeo, hasta el punto de que se pretende contratar a profesores bilingües, aptos para impartir determinadas materias en inglés, la lingua franca de nuestro tiempo. Mientras tanto, ¿por qué no poner en práctica algo tan simple como hablar en inglés, francés o alemán en las respectivas clases (la lengua se aprende por imitación), utilizando metodología moderna, suprimiendo, por ineficaces e inútiles, las ristras de vocabulario sin contextualizar, de verbos y más verbos enunciados de modo “papagayesco”, desterrando la traducción sistemática como método? Este proceder anacrónico sofoca cualquier atisbo de creatividad e impide alcanzar el gran objetivo del aprendizaje: ‘pensar’ en la lengua de modo inconsciente, aún a trueque de cometer fallos gramaticales. ¿Acaso no es así como aprendemos a hablar?