La lectura ocasional de un artículo aparecido recientemente en la prensa local, en el que se denuncia la corriente de chabacanería y zafiedad, modos, convertidas en moneda de curso legal en las relaciones sociales, me mueve a ocuparme, una vez más, de un fenómeno amplificado por la radio, la televisión o incluso el cine. Esta penosa realidad, asentada en la tiranía del pensamiento único, impone huir de las formas convencionales, partiendo de la tesis de que la educación y los buenos modales son fórmulas arcaicas y trasnochadas propias de carcamales ultraconservadores. La banalización de las formas, la desaparición del ‘usted’, reemplazado por el descarado ‘tu’ (sin consentimiento del aludido, se entiende), el empleo habitual de palabras malsonantes -se compite en vocabulario grueso, sin medir las palabras en público- derivan hacia una forma aún más perversa: la agresividad verbal, tanto en el terreno de las ideas como en el del pensamiento; de ahí al insulto no hay más que un paso que, como afirma el profesor Lledó, conduce a “la aniquilación del otro”.
Es notorio que se tiende a confundir, en ocasiones, adrede, la sinceridad con la libertad de expresión, entendida ésta como una especie de patente de corso en donde la carencia de recursos intelectuales se suple con artillería gruesa, mediante un lenguaje modelo ‘postlogse’ que, comparado con el de nuestro universal Sancho Panza, convertiría a éste en todo un caballero ilustrado… La norma al uso dicta el abandono de las formas, que coartan -arguyen los supuestos ‘transgresores’- la espontaneidad y la libertad del iracundo interlocutor. Para Juan Cruz, periodista y escritor, el tono de los exabruptos (1) no es asunto menor: “Se empieza jugando con las palabras y se termina llevando al paredón a las personas… Y hay muchas formas de paredón”.
La mera supresión oficiosa del usted -última derivación del histórico vuesa merced- no supone, además, una aproximación jerárquica del superior hacia el subordinado. Desde estas mismas páginas, rebuscando en un pasado del que fui testigo, he aludido a la exigencia de la retórica del tuteo propia de los camaradas de Falange y del comunismo, un mero disfraz lingüístico de pretendido igualitarismo que a nadie engañaba. Convengo con mi ilustre colega Rogelio Reyes que, en el contexto de una sociedad en la que triunfan el desaliño en el vestir, la zafiedad en el gesto o la degradación del lenguaje, “tratar de usted les parece a muchos, sobre todo a los más jóvenes, una forma de distanciamiento emocional e incluso un signo de humillación”. Nadie les ha dicho que el respeto y la cortesía no eximen del afecto, antes bien, lo fortalecen. “Estamos jugando a despreciar, y cuando la sociedad juega a despreciar -añade Cruz- termina insultando y, cuando empieza a insultar, termina agrediendo”.
(1) No hay que confundir ‘exabrupto’ (salida de tono; dicho o ademán inconveniente expresado con brusquedad), con ‘ex abrupto’ (de repente, de improviso; bruscamente, sin guardar el orden establecido).
Miguel Fernández de los Ronderos
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