Lo hemos escuchado, y pensado y comentado, quizá cientos de veces: la velocidad del cambio en el que estamos inmersos es exponencial en todos los sentidos, esencialmente porque así lo percibimos a diario, sobre todo en lo que tiene que ver con la digitalización y la tecnología.

Así, y por ejemplo, vemos que el desarrollo de la Inteligencia Artificial está transformando las herramientas más avanzadas de comunicación -para marcas, en medios, etc.- o que la irrupción de blockchain, muy incipiente todavía, “promete” un giro de 180 grados en el escenario. Sin embargo, el que la tecnología “lidere” el cambio, no significa que no se esté dando- y notando- en otros ámbitos, como el de las “actitudes” porque en realidad son inseparables una de otras y viceversa.

Viene esta reflexión al papel porque la necesidad de “honestidad pública” está avanzando a pasos agigantados y de forma muy inesperada para quienes no son conscientes del fenómeno, todavía.

Es muy probable, que el compromiso ético público -y privado, interno- sea la clave de la inmensa mayoría de los principios corporativos de empresas, instituciones y organizaciones (la misión, la visión, los valores y/o el propósito). Responsabilidad, sostenibilidad o transparencia son ejes de la confianza social y esta de la reputación.

Como apunta con mucho acierto y de forma muy sencilla el periodista y comunicador Pablo Herreros titulando su último y muy exitoso libro “Se transparente y te lloverán clientes”, el compromiso ético es imprescindible en la casa de cristal que es Internet. De nada valen los “postureos” si decimos una cosa y hacemos otra.

Esto que parece de Perogrullo, una cosa evidente desde el principio de los tiempos, no lo es tanto en el día a día y por eso, repito, traigo esta reflexión a este espacio. De hecho, muchos indicadores de confianza y reputación -sean locales, sean globales- arrojan año tras año porcentajes crecientes de desconfianza y reputación débil, en especial cuando se trata de instituciones y organizaciones.

Por ejemplo, en el informe anual que elaboran Corporate Excellence y la consultora Canvas denominado “Approaching the future” y que fue presentado en Sevilla a principios de junio, la primera cifra impactante es la de la confianza. Como tendencia global, el 71 por ciento de la población mundial no confía en sus instituciones. El dato, que recoge el informe del Barómetro Edelman de Confianza, -publicado el pasado febrero- tiene una segunda derivada cuando menos singular -e importante-: el 64 por ciento “considera que las empresas y sus CEO deben liderar la solución de los principales problemas mundiales”.

A partir de las tendencias globales, el informe destaca las relativas a sostenibilidad, a reputación y a ética y gobierno corporativo, tendencias donde aparecen en primer plano los valores antes citados: responsabilidad, autenticidad y transparencia. Es decir, solo las empresas, instituciones y organizaciones que sean identificadas con la ética y cualquiera de estos atributos será realmente percibida como útil para la sociedad. De hecho, hay otro dato que me parece muy relevante: en materia de empresa, los atributos ligados a los intangibles representan el 80 por ciento de influencia en la decisión de compra.

¿Podemos hacer un ejercicio de traslación de este porcentaje a las organizaciones e instituciones? Es muy posible que sí. De hecho, en nuestro país, los barómetros del CIS, fuente oficial de referencia, han incluido tradicionalmente las valoraciones de las principales instituciones españolas dando la imagen viva -fija en el momento y variable en tendencia- de ellas.

El avance tecnológico es vertiginoso, sí, como la transformación social que la va acompañando en múltiples puntos de ruptura y como el sentido ético y ejemplarizante con el que se mide a las instituciones y organizaciones, que no es otro que el que sus actuaciones sean lo que sus mensajes digan.

Francisco J. Bocero | Periodista y consultor de comunicación estratégica (@PacoBocero)

Artículo incluido en el número de julio y agosto de la revista Agenda de la Empresa