Los indicadores de coyuntura del sector real de la economía publicados en las últimas semanas han acabado por dibujar un nuevo escenario de recesión para la economía española. También el conjunto de la Zona Euro atraviesa actualmente por una suave recesión. Según estima la propia Comisión Europea en sus Previsiones de Primavera, la economía española no solo sufrirá una contracción del PIB en 2012 (-1,8%), sino que, en ausencia de cambios de políticas económicas será el único país de la UE que en 2013 volvería a decrecer(-0,3%). Y he aquí que la orientación de la política económica, marcada por los criterios unánimes del Eurogrupo -hasta que Hollande sustituyó a Sarkozy- tiene mucho de responsabilidad en esta previsión y en el comportamiento reciente de la actividad económica en España y en buena parte de Europa. Desde la primavera de 2010, el discurso oficial de los principales líderes políticos ha sido que se debía reducir el déficit y la deuda pública, como condición necesaria para restablecer el crecimiento, además de efectuar reformas estructurales para restaurar la confianza. Pero dos años después, la destrucción de empleo se ha acentuado, el valor añadido en los principales sectores productivos -salvo en los más vinculados al sector exterior- no ha mostrado síntomas de recuperación, y los últimos ajustes fiscales aprobados por el Gobierno central suponen una disminución de la demanda agregada y por tanto, difícilmente podrán traducirse en crecimiento en el corto plazo. Por este motivo, cada vez son más los líderes de opinión y economistas de reconocido prestigio (Krugman, Stiglitz) que advierten que la austeridad está agravando y prolongando la crisis; en hacer ver que el nivel de endeudamiento agregado de la UEM no es mayor al de otras grandes áreas mundiales (como EEUU o Japón); y en animar a economías mejor posicionadas dentro de la Eurozona -como Alemania-, y a instituciones como el BCE, para que tomen iniciativas fiscales -más expansivas- y monetarias -menos ortodoxas y más cercanas a las tomadas por la Reserva Federal-, para desatascar la espiral contractiva en la que se encuentran algunas economías dentro del Área del Euro y que no hacen sino agrandar los desequilibrios, las divergencias dentro de la Unión, y por tanto, poner en entredicho ésta, y en definitiva, al euro. Ahora se habla de un Pacto por el Crecimiento en Europa, pero el que está aprobado y suscrito por buena parte de los países integrantes (España entre ellos), es el Pacto por la Estabilidad (primero, la presupuestaria) y después, como supeditado o facilitado por ésta, el Crecimiento. Pero cada vez son más los que dudan cómo es compatible cumplir con los compromisos de estabilidad y a la vez estimular el crecimiento. Mientras se baraja la posibilidad de un periodo más amplio, a modo de prórroga para alcanzar la de momento difícil cota de un déficit del 3% del PIB, algunos expertos centran la atención en los aspectos cualitativos del recorte presupuestario. Es decir, aceptando que los ingresos y gastos del Estado van a ser reducidos por un periodo prolongado de tiempo, resulta más imprescindible que nunca hacer un análisis de la eficiencia del destino de los recursos públicos y una apuesta por aquellos que, a medio y largo plazo, contribuirán al crecimiento de la oferta productiva de nuestra economía: educación, innovación, apoyo a los emprendedores, fomento de la internacionalización, desregulación de aquellos mercados sometidos a excesivos controles y trabas, y facilitar la creación de empresas. Esperemos que ésta sea la apuesta y la solución.
Esperanza Nieto Lobo







