El cambio no tiene porqué ser sinónimo de progresar ni de mejorar, es más, se puede cambiar a peor. Por tanto debemos rechazar esa idea tan de moda últimamente, y que es propagada desde la derecha económica y política, que quiere hacernos creer que es necesario cambiar para salir de la crisis y que cualquier cambio por sí mismo ya es un avance. “Reforma” es otra de las palabras mágicas que escuchamos constantemente como solución a la situación de extrema gravedad que sufre este país. Nos repiten que sin reformas y cambios es imposible salir de la crisis, como si el simple hecho de cambiar y reformar pudieran por sí mismos reactivar la economía y generar empleo. Es falso ya que el verdadero problema no es cambiar ni reformar sino qué se cambia y para qué se reforma, saber aplicarlos adecuadamente y acertar en sus objetivos. Lo estamos comprobando con la recién aprobada reforma laboral con la que el gobierno hierra no solo en las medidas que contiene, que nos hacen retroceder en materia de derecho laboral más de un siglo, sino sobre todo en pretender con ella generar empleo. El empleo es fruto de la actividad económica y productiva, y con una reforma del mercado de trabajo es imposible incidir sobre ella; es más, esta reforma perjudica esa recuperación económica al facilitar los despidos y empobrecer a los trabajadores con la consiguiente merma de su capacidad para consumir.

Es necesario recordar que la anterior reforma laboral del gobierno Zapatero, y a la que CCOO también se opuso poniendo en marcha una Iniciativa Legislativa Popular, tampoco creó empleo sino que lo destruyó y precarizó. La experiencia demuestra que ninguna reforma laboral impuesta ha sido útil para generar empleo, resultando todas ellas un absoluto fracaso, tal y como lo será también esta. De hecho, estamos asistiendo a sus primeras consecuencias negativas transcurridas escasas semanas desde su aprobación, con la destrucción de empleos y la imposición en muchas empresas de nuevas condiciones laborales a los trabajadores. Quien piense que va a crear empleo está equivocado, muy al contrario, favorecerá el despido y precarizará el empleo ya existente, todo eso sin contar con el poder absoluto que el empresario tendrá en sus manos para disponer de las condiciones del trabajador a su antojo. Cabe preguntarse entonces cuáles son las razones que han llevado al Gobierno a imponerla, y estas son de tipo ideológico y para contentar las exigencias de la derecha europea con Merkel a la cabeza. Es un traje a medida para la derecha económica y política y una agresión contra los intereses de los trabajadores y personas desempleadas, quedando los primeros al arbitrio de las decisiones empresariales y criminalizando a los segundos por no tener un trabajo. Sus motivaciones, por tanto, no son laborales sino ideológicas, responde a las exigencias más extremas del liberalismo salvaje al que molestan los derechos laborales y sociales porque le impiden hacer negocio a sus anchas. La reforma laboral además pertenece a un programa reformista que, bajo la excusa de racionalizar y optimizar los recursos, pretende que todas aquellas áreas del sector público que son productivas pasen a manos privadas para hacer negocio. El objetivo está claro: poner el Estado del Bienestar que entre todos hemos construido en los mercados y someterlo a las reglas de la libre oferta y demanda, es decir, desactivarlo como el mayor instrumento de igualdad de nuestra sociedad y convertirlo en mercancía para quien pueda pagarla.

El primer capítulo de su pretendido programa reformista es la reforma laboral que permite, entre otras muchas barbaridades, el despido libre dentro del primer año de contrato, abarata el despido favoreciendo el de tan solo 20 días de indemnización e incluso permite despedir por razón de enfermedad, además de atacar el derecho constitucional a la negociación colectiva para reducir los salarios y empeorar las condiciones de trabajo pactada en los convenios al facilitar descuelgues arbitrarios, imponer procedimientos predemocráticos como la obligatoriedad de la intervención judicial cuando no haya acuerdo sobre el convenio colectivo y romper la ultractividad. Esto último es una aberración ya que permite, una vez finalizado el convenio colectivo y pasado un tiempo sin que haya acuerdo para uno nuevo, que todos los derechos y mejoras en las condiciones laborales alcanzados durante años queden sin efecto y hay que empezar a negociar desde cero; supone un cambio radical en la negociación colectiva ya que pasa de fomentar el acuerdo a potenciar el desacuerdo porque favorece a una de las partes, la empresa. Además la reforma crea una nueva modalidad de contratación sin causa y sin derechos y condena a la juventud a contratos precarios con muy bajos salarios y sin derechos. En definitiva, menos derechos y más empobrecimiento de la gente.

No contento con esta regresión en los derechos, el gobierno se salta el diálogo social y el consenso entre sindicatos y empresarios imponiendo unilateralmente una reforma que decanta la balanza claramente del lado de la patronal y no respeta el esfuerzo realizado por los trabajadores y trabajadoras de este país, que en un ejercicio de responsabilidad enorme acordaron con CEOE moderar sus sueldos y reestructurar la negociación colectiva para favorecer el mantenimiento del empleo y la reactivación económica. Con la reforma el ejecutivo de Rajoy ha obviado esos acuerdos y ha abierto la puerta de la conflictividad laboral como única salida para que los trabajadores defendamos nuestros derechos frente a estas agresiones.

La reforma permite que el empresario juegue con ventaja en su relación con los trabajadores, que se saben mucho más indefensos que antes. Quizás se pueda creer que esta indefensión se traduzca en temor, en parálisis, pero los trabajadores de este país no lo están permitiendo y ya se están sacudiendo ese miedo para exigir que se respeten sus derechos. Los que han pretendido aprovechar esta situación para sacar ventaja no han sabido prever que el miedo es la antesala de la rebeldía, tal y como hemos podido comprobar en las calles de Andalucía durante el pasado mes de febrero, en especial en las masivas manifestaciones convocadas por las centrales sindicales los días 19 y 29.

CCOO no está dispuesta a que los trabajadores y trabajadoras de este país pierdan ni un ápice de libertad y derechos. Los trabajadores tampoco están dispuestos a que se los arrebaten, saben que nuestra sociedad y el modelo de bienestar que hemos sabido construir entre todos están en juego. Seguiremos apostando por el diálogo y la negociación para modificar las agresiones contra los derechos pero sin renunciar a seguir movilizándonos contra la reforma laboral y continuar denunciando en las calles y las empresas que es inútil para el empleo, injusta para los trabajadores e ineficaz para la reactivación de la economía. Es el momento de decir “no” y rebelarnos contra esta reforma laboral que es en verdad una regresión laboral.

Francisco Carbonero
Secretario general de CC.OO de Andalucía