En el año 2000, el profesor F. Vallespín referenciaba en su obra ‘El futuro de la política’ la existencia de un olor “a rancio en el reino de la política”. Bajo el subtítulo ‘Cambio de piel’, iniciaba una introducción, para aquella publicación, donde trataba de poner al lector en disposición para la comprensión, el análisis y la reflexión sobre un asunto determinante en nuestras vidas: el devenir de la acción política; aunque ya entonces numerosos eran los que se hacían eco del fin de las ideologías que promulgaba Fukuyama en su libro ‘El fin de la historia’ y, por ende, el triunfo del liberalismo político y económico. Por aquel entonces, hace más de una década, los voceros del capitalismo anunciaban, a los cuatro vientos, la muerte de la izquierda, el triunfo de la derecha y la enfermedad incurable por la que pasaba, según el parecer de afamados analistas y estudiosos -por otra parte, muy interesados en que eso fuera así- el propio Estado del Bienestar. Una enfermedad que, a su entender, no tenía solución posible y que provocaría una dura convalecencia con graves hemorragias en el sector público, en el empleo que generaba y sustentaba y en la prestación de bienes y servicios públicos, de todo tipo, a la ciudadanía.

Curiosamente lo que no fueron capaces de prever esos mismos analistas, frente a la corriente de pensamiento económico que sí lo viene denunciando desde hace largo tiempo, fue la grave crisis por la que tenía que pasar el sistema capitalista. Una gran crisis sistémica que, la evidencia desde 2007 con la caída de Lehman Brothers así lo atestigua, ha generado la peor crisis, en el sistema financiero desde la Gran Depresión de 1929 y la peor crisis económica en la economía real y en los sistemas productivos de los países ricos que se recuerda. De hecho lo que estamos viviendo hoy en día se ha conveniado en llamar la Gran Recesión. Un auténtico agujero negro que todo lo engulle, especialmente empleo y trabajo, derechos laborales y sociales, y que torpedea, de un modo continuo, la línea de flotación de las democracias avanzadas. El resultado es la cada vez menor confianza de la ciudadanía en que sea la política, los políticos y las instituciones de las que nos hemos dotado, el instrumento para poder gobernar la crisis y alejarnos, cuanto antes, del precipicio. La percepción es que se está atado de pies y manos. Que sólo existe una salida. Padecemos un rapto, el de los mercados, y las peticiones de nuestros captores son inasumibles.

Una visión que se justifica cuando, en el caso de Europa, lo que empezó siendo una crisis financiera, se ha mutado en crisis de la deuda soberana, crisis del euro, crisis del proyecto europeo, crisis económica, crisis de la democracia o crisis del empleo -con algún que otro rescate como los de Irlanda, Grecia o Portugal-. Y vuelta a empezar, porque no podemos olvidar que la segunda parte de la reforma del sistema financiero se está escribiendo en estos momentos y todo apunta a que existe una gravosa debilidad estructural de difícil solución (que la mitad de las entidades financieras europeas hayan acudido a la subasta de medio billón de euros al 1% de interés es sintomático). No es posible obviar como para el caso de España, como ejemplo de lo que está ocurriendo en el resto de países de la UE, que el plan de salida está significando la reducción salarial, la desaparición de la negociación colectiva, la reforma infructuosa del mercado de trabajo, la erosión de derechos laborales, la defunción de las políticas sociales como consecuencia de los tijeretazos del gasto público y la privatización de los servicios públicos.

Hace más de una década, Vallespín ponía de manifiesto que “la prudencia reformista es el único plato que se ofrece a una ciudadanía autosatisfecha en el menú político de nuestro tiempo”, una apreciación que está de plena actualidad en nuestros días, que presumiblemente irá a más pero que en ningún caso, al menos por ahora, se está complementando con el necesario, exigible y justo binomio entre reciprocidad y corresponsabilidad en los ajustes. Mayores diferencias económicas, salariales y de renta disponible, mayor desempleo, mayor pobreza, mayor exclusión social. La resultante es que la desigualdad de oportunidades está caracterizando a la nueva sociedad que se conforma. Pero con un gravísimo problema añadido y es que los recortes presupuestarios y las restricciones a la financiación pública están desarmando el sistema social público del que nos habíamos dotado para, precisamente, establecer y tejer redes que permitieran no dejar tirado, en la cuneta, a los cientos de miles de personas. Desaparece el contrato social postbélico pero no hay intención de cubrir su vacío. Simplemente la nada.

Pero todo este proceder tiene un problema de base, una inconsistencia difícil de salvar que se explica sobre la base del modus operandi de los mercados: hacer lo contrario de lo que se propugna. Es posible comprobar que mientras la receta es austeridad para el común de los mortales, en su caso practican la opulencia. Se demuestra cómo mientras defienden el libre mercado y la inexistencia de reglas se autoproponen medidas y enfoques de política económica que confluyen en la concentración del poder económico y la conformación de oligopolios. No es posible ocultar la muy importante brecha que se produce entre la doctrina que defienden y la realidad que propugnan.

Una ironía que se está poniendo de manifiesto en la inexistencia de resultados positivos que nos hagan pensar que estamos en la buena dirección, en la senda del progreso y el crecimiento. Muy al contrario, las señales que muestra nuestra economía y la realidad económica de nuestro entorno hace temer lo peor. Una vuelta hacia atrás. Un nuevo giro sobre nosotros mismos que nos redirecciona del estancamiento a una nueva recesión. El año 2012 puede negarnos el crecimiento económico, puede volver a traernos el colapso financiero y la incapacidad de nuestro tejido productivo y empresarial para crear empleo. Sobre todo si el plantel de políticas anticrisis por las que apuestan los gobiernos de los países de la UE sigue siendo el mismo. Se está demostrando que las políticas de recortes y ajustes están conformando una espiral de progresivo deterioro que se puede consolidar en el futuro próximo.

Por ello es fundamental romper con este canto de sirenas que nos lleva sin remisión a los acantilados. Puesto de manifiesto el fracaso de la Gobernaza Europea, de las políticas de ajuste impulsadas desde la UE y los países miembros, se impone la reorientación de las políticas comunitarias derivadas del Plan de estabilidad y Crecimiento y el reciente Pacto por el Euro Plus.

Se necesita acompasar los objetivos de reducción de déficit público con la necesidad imperiosa de impulsar y dinamizar la actividad económica para facilitar el crecimiento económico y la creación de empleo. Solo de esta manera se podrá poner freno a la previsible crisis de demanda mundial, se podrá comenzar a recomponer una salida de la crisis más equilibrada, justa, y se dará verdaderamente prioridad a la creación de empleo

Manuel Pastrana
Secretario General UGT de Andalucía